El único galán que por ahora me ronda se encuentra en mi habitación, es de noble madera y, por el momento, les aseguro que no habla. Toda una lástima, sí señor, pero es que hace años que los de carne y hueso entraron en alarmante estado de extinción. Ignoro en qué lugar de nuestra flamígera piel de toro se encuentran los últimos representantes de aquella romántica escuela de caballeros tiernos, corteses y educados, pero desde aquí hago una llamada (SOS) a todas las féminas para reivindicar su protección y promoción social.
Los hombres están confundidos y sostengo que las mujeres hemos contribuido en algo a su desorientación. Reclamamos igualdad laboral, sexual, política y social, al tiempo que nos mostramos orgullosamente autosuficientes, independientes, asertivas, exigentes, pragmáticas...etc.
A muchos, tanto cambio, novedad y autarquía les apabulla y les conduce a un comportamiento de novato inseguro y quinceañero en las dehesas del amor.
Muchas mujeres, en su intención de llevar la igualdad de género a su último extremo, cometen el craso error de adoptar, en el campo de la seducción y el coqueteo, roles netamente masculinos (como bien se vislumbra en la cansina insistencia y persecución a los hombres). Algunas, en su afán de mímesis llegan incluso a adoptar desaciertos como el de frivolizar las relaciones sexuales. “Aquí te pillo, aquí te mato”, “Si no eres tú, será otro”, “Ancha es Castilla”, “A vivir, que son dos polvos” (perdón, quería decir “días”).
Pienso –igual que mi admirado José Antonio Marina- que el gran acierto de las mujeres durante muchísimos años fue sentimentalizar las relaciones sexuales. Y, claro, resulta que ellos ante un panorama como el que les proponemos se cansan, se asustan, se sienten intimidados y desconcertados sin saber qué papel desempeñar, sin saber si deben abrirte la puerta del coche, acomodarte en un restaurante, regalarte rosas y cederte el paso.
Y así pasan los años para muchas, hasta que un día nos damos cuenta de que en nuestra dilatada e infructuosa vida amorosa, más que relaciones, lo que hemos tenido han sido “abortos sentimentales”. Sí, gestaciones que, de forma abrupta e inesperada, alcanzan su fin, amores conjugados en pretérito pluscuamperfecto de subjuntivo bajo el desconcertante signo de la duda.
A pesar de los visibles cambios sociales y culturales, hombres y mujeres seguimos respondiendo biológicamente a un mismo patrón y modo de cortejo; en este terreno somos más primitivos de lo que pensamos y créanme si les digo que en más de 2000 años hemos cambiado muy poco. Ellas –nosotras- aunque se muestren fuertes e independientes siguen soñando con el hombre de sus vidas y aspiran (aunque muy pocas lo admitan) a una relación para siempre. Otra forma de amar es posible y tal vez la solución se encuentre en reinstaurar el romanticismo y sus clásicas formas de manifestar el amor (sin caer en la cursilería, claro). Quizá no sea un mal comienzo (para nosotras y ellos), dejar de tratarnos como meros objetos con posibilidad de utilidad y satisfacción a corto plazo.